En su autobiografía, San Francisco de Borja nos cuenta que hubo fiesta por su nacimiento, pues era el primogénito de seis hermanos, biznieto del Rey Fernando el Católico y de Rodrigo de Borja, que luego fue el Papa Alejandro VI. Dice que contaba con una larga parentela de grandes de este mundo, de cuya grandeza, con el tiempo, experiencia y vocación de Dios, se desligó para servir al más alto Señor. En eso consiste su santidad. Su riqueza mundana no fue un obstáculo a la hora de responder con presteza y diligencia al llamado de Cristo. Su prestigio, por grande que fuera, contó como basura comparado con el honor de entrar en la compañía de Cristo Jesús.
¿No se habrá equivocado? Renunció a sus títulos de nobleza, a favor de su hijo Carlos, optando, mediante los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, por pobreza con Cristo pobre, humildad con Cristo humillado. Muchos se escandalizaron. Ahora, Padre Francisco no más, entendía que se trataba de un bien mayor. Como el apóstol Pablo, había encontrado el tesoro interior que transforma los esquemas exteriores en chatarra insignificante.
En eso consiste la santidad del santo, en haberse rendido ante un amor más grande. Ahí está el discipulado del discípulo, en la libertad de poder responder con alegría a un llamado desconcertante. No se trata de la perfecta tristeza austera e inmaculada del hombre que por fin domina sus impulsos, sino de la plena generosidad de quien ha logrado consagrar sus pasiones, como dones del Creador, al servicio del Sumo Capitán y Señor.
Ésta es la opción del místico que, por la gracia, comienza a ver a Dios en todas las cosas. Es el gesto consumado del apasionado que siente instintivamente las conexiones entre todas las personas y todas las cosas creadas. Es la respuesta obvia del que ha entendido finalmente la gran ecuación universal: que el amor es vida, que la verdad es belleza; Cristo, la plenitud infinita.
Desde su vocación tardía, y luego de catorce años de sencillez misionera, al Padre Francisco se le pide retomar un rol de gobierno, esta vez como Superior General de la Compañía de Jesús. Lo recuerda como el día de su cruz.
La tentación para nosotros es interpretar su llamado como un simple enroque entre el poder civil y el poder eclesial. Es cierto que hizo mucho bien a la Compañía de Jesús, marcando rumbo en la tradición de nuestro Padre Ignacio, y agradecemos al Señor su gestión hasta hoy. Se me ocurre, sin embargo, que en su reencuentro con las riendas del poder, se sentía ya no como faraón que manda ni como duque que impone, sino como Moisés que guía.
En eso se juega la consagración de la vida religiosa; en hacerse puente para quienes buscan a Dios. En eso se realiza el discipulado del discípulo y el sacerdocio del sacerdote, mostrando con su ejemplo cómo se camina por amor con el Señor que es nuestra vida, nuestra verdad, nuestra belleza y esperanza.
Nathan Stone, S.J.
