Por Jose M. Arenas, SJ.Cuando se menciona el aporte de la Compañía de Jesús a nuestro país, solemos evocar, sobre todo, la época colonial. Entre 1593 y 1767, hubo centenares de jesuitas en el territorio chileno. La mayoría en ciudades como Santiago, Concepción, Mendoza y San Juan. Fácilmente nos llegan los nombres de Luis de Valdivia, Alonso de Ovalle, Manuel Lacunza, Juan Ignacio Molina, etc. Pero no nos resulta tan fácil recordar nombres de tanta relevancia cuando nos fijamos en estos últimos doscientos años, los que consideramos más “nuestros”, por haberse deshecho el Imperio español.
La Compañía fue expulsada de los territorios de la Corona española en 1767 y suprimida en 1773 por disposición del Papa Clemente XIV. Aunque fue restaurada por el Papa Pío VII en 1814, la Orden estuvo ausente del proceso de constitución de la República. Un grupo minoritario de entre los sobrevivientes de aquellos 367 jesuitas que sufrieron la expulsión, se reincorporó a la Compañía en los años de la restauración. Pero no volvió a haber jesuitas en Chile sino hasta 1843. Y sólo se logró estabilidad con un grupo que comenzó a llegar al país en 1848. Por lo tanto, la Compañía, aunque uno de sus antiguos miembros -el padre Felipe Gómez de Vidaurre- perdió la vida como capellán del ejército patriota en Cancha Rayada (1818), sólo ha compartido poco más de 160 años de la vida republicana de Chile.
Sabemos que mucho de nuestro folklore se remonta a la época colonial. Pero seguramente la mayoría de nosotros desconoce cuántas leyes heredamos hasta hoy desde esa época. De hecho, la Compañía de Jesús no tuvo existencia legal en Chile hasta bien adentrado el siglo XX. Porque aquí regía la “Pragmática Sanción” por la que Carlos III había expulsado a la Compañía de estos territorios Casi cien años tras la llegada de los primeros “misioneros” jesuitas después de la independencia del país, un fallo de la Corte Suprema reconoció que, al separarse el Estado y la Iglesia, las personas jurídicas eclesiásticas tenían existencia legal. Por ese fallo, se podría decir que los jesuitas salimos de “la clandestinidad”. Hasta entonces, los jesuitas aquí no existían. Pero era una inexistencia “a la chilena”: toda la gente en Chile sabía dónde había jesuitas. Y el colegio San Ignacio de Santiago es el único colegio jesuita de lengua hispana que ha funcionado sin interrupción desde 1856. Todos los demás ubicados en antiguos territorios españoles, en América o Filipinas, desde esa época, en algún momento han experimentado la clausura por disposiciones gubernamentales que han expulsado a los jesuitas de esos territorios.
Desde personajes poco conocidos por la opinión pública, como los padres Mariano Berdugo, Ildefonso José de la Peña o Bernardo Parés, hasta alguien tan cercano a nosotros como el padre Renato Poblete Barth, sin olvidar a san Alberto Hurtado, y su maestro el padre Fernando Vives, y pasando por otros como los padres Hernán Larraín y Roger Vekemans, desde 1843 hasta el presente, la Compañía de Jesús ha estado presente en Chile, y ha tenido domicilios en Arica, Antofagasta, Chuquicamata, La Serena, Valparaíso, Santiago, Padre Hurtado, Melipilla, Chillán, Concepción, Tirúa, Osorno, Puerto Octay, Puerto Varas, Puerto Montt y Ancud. Y ha tenido representantes que podríamos considerar famosos, y muchos “operarios” anónimos que han gastado su vida en la Misión. Esperamos ir recordándolos, para agradecer al Señor lo que nos ha regalado por medio de ellos.