sábado, 25 de septiembre de 2010

CURSO: CÓMO HA COMPRENDIDO LA IGLESIA A JESUCRISTO EN LOS 2 MILENIOS DE SU EXISTENCIA



DIRIGIDO POR: Sergio Elizalde SJ

FECHA: martes 05, 12, 19, 26 de octubre

Sesión 1: La fe de las primeras comunidades
Sesión 2: La fe de la Cristiandad Imperial
Sesión 3: La fe del occidente medieval
Sesión 4: La fe del mundo moderno

HORARIO: 19:00 hrs

LUGAR: Casa de ejercicios sto. Nombre de Jesús (Eusebio Lillo 447) Valpo.

Inscripciones: Eusebio Lillo 409 Valpo.

Al teléfono: (32) 2255151

Al correo electrónico: cesah.valpo@gmail.com

Costo: $. 10.000 pesos.

Se puede cancelar la sesión diaria de manera independiente ($ 2.500 pesos) y no es requisito haber asistido a las anteriores. Cada sesión es independiente; se puede, por ende, asistir a todas, varias, o una sola sesión.

Se otorgará certificado de participación a los asistentes al curso completo

miércoles, 22 de septiembre de 2010

OPINIÓN JESUITA: Cómo consagrar la vida

Una meditación sobre la santidad de Francisco de Borja
Lo perdí todo, con tal de ganar a Cristo y encontrarme unido a él. Filipenses 3:8

En su autobiografía, San Francisco de Borja nos cuenta que hubo fiesta por su nacimiento, pues era el primogénito de seis hermanos, biznieto del Rey Fernando el Católico y de Rodrigo de Borja, que luego fue el Papa Alejandro VI. Dice que contaba con una larga parentela de grandes de este mundo, de cuya grandeza, con el tiempo, experiencia y vocación de Dios, se desligó para servir al más alto Señor. En eso consiste su santidad. Su riqueza mundana no fue un obstáculo a la hora de responder con presteza y diligencia al llamado de Cristo. Su prestigio, por grande que fuera, contó como basura comparado con el honor de entrar en la compañía de Cristo Jesús.

Esto no quiere decir que la santidad de los santos nacidos pobres valga menos delante del Señor. Miles de santos anónimos han peregrinado por este mundo, dando testimonio del amor excesivo de Aquél que nos hizo, glorificando al Autor de la vida que nos sostiene con el pan de cada día. Sin embargo, llama la atención cuando el camello logra pasar por el ojo de la aguja. Puede parecer, al menos momentáneamente, como un escándalo, pues, al dejar su régimen de privilegio, abandona también sus responsabilidades. Francisco, el Duque de Gandía, era un hombre poderoso y gobernaba prudentemente para el bien de su pueblo.

¿No se habrá equivocado? Renunció a sus títulos de nobleza, a favor de su hijo Carlos, optando, mediante los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, por pobreza con Cristo pobre, humildad con Cristo humillado. Muchos se escandalizaron. Ahora, Padre Francisco no más, entendía que se trataba de un bien mayor. Como el apóstol Pablo, había encontrado el tesoro interior que transforma los esquemas exteriores en chatarra insignificante.

En eso consiste la santidad del santo, en haberse rendido ante un amor más grande. Ahí está el discipulado del discípulo, en la libertad de poder responder con alegría a un llamado desconcertante. No se trata de la perfecta tristeza austera e inmaculada del hombre que por fin domina sus impulsos, sino de la plena generosidad de quien ha logrado consagrar sus pasiones, como dones del Creador, al servicio del Sumo Capitán y Señor.

Ésta es la opción del místico que, por la gracia, comienza a ver a Dios en todas las cosas. Es el gesto consumado del apasionado que siente instintivamente las conexiones entre todas las personas y todas las cosas creadas. Es la respuesta obvia del que ha entendido finalmente la gran ecuación universal: que el amor es vida, que la verdad es belleza; Cristo, la plenitud infinita.

Desde su vocación tardía, y luego de catorce años de sencillez misionera, al Padre Francisco se le pide retomar un rol de gobierno, esta vez como Superior General de la Compañía de Jesús. Lo recuerda como el día de su cruz.

La tentación para nosotros es interpretar su llamado como un simple enroque entre el poder civil y el poder eclesial. Es cierto que hizo mucho bien a la Compañía de Jesús, marcando rumbo en la tradición de nuestro Padre Ignacio, y agradecemos al Señor su gestión hasta hoy. Se me ocurre, sin embargo, que en su reencuentro con las riendas del poder, se sentía ya no como faraón que manda ni como duque que impone, sino como Moisés que guía.

En eso se juega la consagración de la vida religiosa; en hacerse puente para quienes buscan a Dios. En eso se realiza el discipulado del discípulo y el sacerdocio del sacerdote, mostrando con su ejemplo cómo se camina por amor con el Señor que es nuestra vida, nuestra verdad, nuestra belleza y esperanza.

Nathan Stone, S.J.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Jesuitas de estos 200 años

Por Jose M. Arenas, SJ.

Cuando se menciona el aporte de la Compañía de Jesús a nuestro país, solemos evocar, sobre todo, la época colonial. Entre 1593 y 1767, hubo centenares de jesuitas en el territorio chileno. La mayoría en ciudades como Santiago, Concepción, Mendoza y San Juan. Fácilmente nos llegan los nombres de Luis de Valdivia, Alonso de Ovalle, Manuel Lacunza, Juan Ignacio Molina, etc. Pero no nos resulta tan fácil recordar nombres de tanta relevancia cuando nos fijamos en estos últimos doscientos años, los que consideramos más “nuestros”, por haberse deshecho el Imperio español.


La Compañía fue expulsada de los territorios de la Corona española en 1767 y suprimida en 1773 por disposición del Papa Clemente XIV. Aunque fue restaurada por el Papa Pío VII en 1814, la Orden estuvo ausente del proceso de constitución de la República. Un grupo minoritario de entre los sobrevivientes de aquellos 367 jesuitas que sufrieron la expulsión, se reincorporó a la Compañía en los años de la restauración. Pero no volvió a haber jesuitas en Chile sino hasta 1843. Y sólo se logró estabilidad con un grupo que comenzó a llegar al país en 1848. Por lo tanto, la Compañía, aunque uno de sus antiguos miembros -el padre Felipe Gómez de Vidaurre- perdió la vida como capellán del ejército patriota en Cancha Rayada (1818), sólo ha compartido poco más de 160 años de la vida republicana de Chile.


Sabemos que mucho de nuestro folklore se remonta a la época colonial. Pero seguramente la mayoría de nosotros desconoce cuántas leyes heredamos hasta hoy desde esa época. De hecho, la Compañía de Jesús no tuvo existencia legal en Chile hasta bien adentrado el siglo XX. Porque aquí regía la “Pragmática Sanción” por la que Carlos III había expulsado a la Compañía de estos territorios Casi cien años tras la llegada de los primeros “misioneros” jesuitas después de la independencia del país, un fallo de la Corte Suprema reconoció que, al separarse el Estado y la Iglesia, las personas jurídicas eclesiásticas tenían existencia legal. Por ese fallo, se podría decir que los jesuitas salimos de “la clandestinidad”. Hasta entonces, los jesuitas aquí no existían. Pero era una inexistencia “a la chilena”: toda la gente en Chile sabía dónde había jesuitas. Y el colegio San Ignacio de Santiago es el único colegio jesuita de lengua hispana que ha funcionado sin interrupción desde 1856. Todos los demás ubicados en antiguos territorios españoles, en América o Filipinas, desde esa época, en algún momento han experimentado la clausura por disposiciones gubernamentales que han expulsado a los jesuitas de esos territorios.


Desde personajes poco conocidos por la opinión pública, como los padres Mariano Berdugo, Ildefonso José de la Peña o Bernardo Parés, hasta alguien tan cercano a nosotros como el padre Renato Poblete Barth, sin olvidar a san Alberto Hurtado, y su maestro el padre Fernando Vives, y pasando por otros como los padres Hernán Larraín y Roger Vekemans, desde 1843 hasta el presente, la Compañía de Jesús ha estado presente en Chile, y ha tenido domicilios en Arica, Antofagasta, Chuquicamata, La Serena, Valparaíso, Santiago, Padre Hurtado, Melipilla, Chillán, Concepción, Tirúa, Osorno, Puerto Octay, Puerto Varas, Puerto Montt y Ancud. Y ha tenido representantes que podríamos considerar famosos, y muchos “operarios” anónimos que han gastado su vida en la Misión. Esperamos ir recordándolos, para agradecer al Señor lo que nos ha regalado por medio de ellos.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Opinión jesuita: Padre Hurtado, Chileno del 2010.

Les dejamos con la opinión Jesuita del mes de agosto desde jesuitas.cl por P. Paul Mackenzie, S.J.,
Rector del Santuario del Padre Hurtado.


"Creemos que San Alberto Hurtado es parte de nuestra identidad nacional. Estamos convencidos de que su ejemplo de vida y trabajo por los más necesitados cambiaron de manera progresiva nuestra visión de país. En este año del Bicentenario, el Padre Hurtado sigue siendo tan vigente como hace 60 años en la visión de país, sus problemáticas y también en las respuestas que nos dio a los problemas de su tiempo y que siguen siendo solución para el Chile de hoy"

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